Ana Falú.

Las calles también son nuestras

Reformular el diseño de las ciudades desde una perspectiva de género.

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No es novedad: las mujeres no habitan los espacios públicos de la misma forma que los varones. A la hora de desplazarse, tienen diferentes elecciones de circulación y se enfrentan a restricciones temporales y espaciales. Esto es, fundamentalmente, porque las principales directrices de la planificación urbana se erigieron en base a las necesidades masculinas, y las mujeres simplemente se tuvieron que acomodar a un mapa que no las contemplaba en ninguno de sus recovecos.

Desde hace ya varios años, una corriente del urbanismo –disciplina que se encarga de la planificación y el ordenamiento de las ciudades– decidió que ya era hora de diseñar estos espacios urbanos desde una mirada inclusiva e igualitaria. Así fue que surgió el urbanismo feminista, que busca justamente pensar, observar, analizar, planificar y proyectar las ciudades desde y para las mujeres. El concepto, en el que trabajan colectivos de arquitectas y urbanistas en distintas partes del mundo, promueve la planificación de las urbes teniendo en cuenta las necesidades de las mujeres, sus rutinas, sus tareas, sus desplazamientos y sus preocupaciones.

Para eso, el objetivo principal que se plantea esta corriente es dejar de priorizar la “movilidad lineal” –de la casa al trabajo y viceversa– asociada tradicionalmente al trabajo productivo remunerado del varón, e incluir en la planificación de las ciudades la movilidad que exigen las tareas de cuidados, por ejemplo.

En relación a esto, la arquitecta española Karmele Rekondo, integrante del colectivo de urbanismo inclusivo UrbanIn+, explica en una entrevista con el periódico digital eldiario.es: “Las tareas de cuidado no tienen dos únicos puntos de salida y llegada, sino muchos más. En un mismo trayecto llevas a las niñas y niños a la escuela, vas al trabajo, al salir pasas por la panadería a comprar el pan, vuelves a la escuela a recogerlos, vas al centro médico a acompañar a un familiar y a la salida vas un rato al parque para que jueguen”.

En esta búsqueda por desarrollar ciudades inclusivas, el urbanismo feminista no se enfoca sólo en las mujeres, sino que pretende incorporar una visión interseccional que también incluya las necesidades de otros sujetos excluidos del desarrollo urbano: las niñas y niños, los adultos mayores, los pobres, las personas con discapacidad.

El cemento que pisan nuestros pies todos los días tiene la marca de la desigualdad. La arquitecta argentina especialista en violencia en espacios públicos hacia niñas y mujeres Ana María Falú coincide con esta idea. “Estamos en territorios muy fragmentados, muy segregados. Territorios de desigualdades obscenas y de una inseguridad que crece”, decía hace unos días Falú –quien también es asesora del Programa de Naciones Unidas para los Asentamientos Humanos– en un conversatorio que la trajo de visita por Montevideo.

“No se te vaya a ocurrir ser mujer, jefa de hogar, cargar vos sola con tus hijos y tener que salir de los territorios más inhóspitos de la ciudad caminando para alcanzar un transporte público que es escaso, inseguro, caro y que no tiene las mejores condiciones de accesibilidad”, advirtió Falú, sarcástica. “Pero esta es una de las tantas realidades de la vida cotidiana de la gente, que son las realidades de un territorio desigual”, enfatizó. Ante estas situaciones, la también investigadora y docente de la Universidad Nacional de Córdoba apeló al “derecho a la ciudad”. Este término, que acuñó por primera vez el filósofo francés Henri Lefebvre en 1968, hace referencia al derecho de los habitantes urbanos a construir, decidir y crear la ciudad, y hacer de esta un espacio privilegiado de lucha.

En el conversatorio, que tuvo lugar en la Facultad de Ciencias Sociales, Falú reconoció que si bien en estos rediseños hay un “universo de identidades” en juego, es importante poner a las mujeres en el centro del problema, porque su omisión en el desarrollo urbano “refiere a una construcción androcéntrica potente que está significando un lugar de subordinación y que implica el ejercicio del poder de unos sobre otras”. Y, en definitiva, porque la omisión de las mujeres en el esquema territorial puede ser transferida a otros “sujetos omitidos” de orientaciones sexuales, etnias, clases sociales y edades diferentes.

Cuando Falú habla de la subordinación de las mujeres, se está refiriendo al “poder en el territorio del cuerpo” femenino que instala, avala y promueve el sistema patriarcal. “El ejercicio del poder masculino ubica a los cuerpos como territorio de invasión, posibles de ser apropiados”, explicó al respecto la arquitecta argentina. Es por eso que, antes de poder habitar las casas, las calles, los barrios y las ciudades, las mujeres tienen que poder ser dueñas de sus propios cuerpos. O, más bien, los varones tienen que dejar de creer que pueden gobernarlos por ellas.

Rediseñar el territorio urbano es también crear un espacio en el que las mujeres tengan la certeza de que no van a sufrir situaciones de violencia a cada paso que dan. En fin, asegurar que todas las mañanas pueden atravesar el umbral de la puerta sin miedo a nunca más volver.

No es un piropo: se llama acoso

Existe un conjunto de prácticas cotidianas que la mayoría de las mujeres repite, como si fuera un ritual, para sentirse más seguras en el territorio urbano. Cambiar un recorrido habitual para evitar que los pibes de la esquina vuelvan a gritar las mismas obscenidades de siempre. Identificar las cuadras más iluminadas del barrio para cuando vuelven de noche. Volver a casa en taxi después de determinada hora. Disimular el escote. Pedir que alguien las vaya a buscar a la parada de ómnibus. Ese mensaje de Whatsapp que avisa, con alivio, “llegué sana y salva”.

La lista es más larga, pero la conclusión es clara: las mujeres no tienen el control a la hora de habitar las calles.

Por eso, hacer ciudades igualitarias es hacerlas más accesibles e inclusivas, sí, pero también es construirlas libres de violencia. Y, más específicamente, libres de acoso callejero, una de las tantas expresiones de la violencia de género, que es lamentablemente emblemática a la hora de pensar en cómo las mujeres habitan el espacio público.

El acoso callejero es difícil de cuantificar, porque es una práctica que no suele ser denunciada por las mujeres ante las autoridades. Un poco porque aún no se comprende como violencia y otro poco porque se suele reducir a conceptualizar esta violencia como un “simple piropo”. ¿Para qué perder el tiempo si la denuncia no va a avanzar y, encima, es posible que la mujer que denuncia sea revictimizada? Es necesario poner sobre la mesa que el acoso no es inocente y de halagador no tiene nada: es una conducta violenta, no consentida, que muchas veces va más allá del acoso verbal. Suele ser acompañado de la persecución, la exhibición, la mirada lasciva, el chiflido, el manoseo, el roce. Es cualquier acto en el que un varón cosifica el cuerpo femenino en medio de la escena pública y lo percibe como territorio a invadir. No le basta con que las ciudades estén hechas a su medida, también busca incomodar y lesionar el tránsito de las mujeres por ellas.

En la gran mayoría de los casos la destinataria es una mujer que, frente a una situación violenta y no deseada, se siente incómoda, intimidada, triste, frustrada, enojada o impotente. No se siente halagada. Porque “hay que decirlo: el acoso es una práctica que provoca daños. Desde el mal humor a daños físicos, psicológicos y sociales”, explicó Falú.

Para la especialista, también es una muestra de superioridad. “De superioridad sexual y, en general, de superioridad de lo masculino por sobre lo femenino. De lo masculino como lo que puede avanzar sobre estos cuerpos femeninos que son cuerpos cosificados de mil maneras”. Falú entiende que el acoso es una expresión de esa cosificación, que se da “siempre con la sexualidad femenina y el cuerpo femenino en el centro de las actitudes”.

En una línea similar, la antropóloga feminista argentina Rita Segato considera que “la experiencia en el espacio público de las mujeres es una experiencia de constreñimiento”. “Sabemos desde niñas los cálculos que hacemos al colocar nuestros cuerpos en las calles. Son cálculos tan automáticos que ni siquiera los vemos conscientes. Cómo prepararse para presentarnos bajo la mirada pública siempre ha sido una operación complicada para la mujer: el pantalón, la pollera corta, el peinado, el maquillaje, etcétera. Son operaciones diarias para todas nosotras”, explicó Segato en una entrevista con el medio cordobés La Tinta.

Pero para la antropóloga, hoy en día, “lo que era un cálculo casi automático para no sufrir incomodidad” se transformó “en un cálculo para no morir”. Es decir, en una estrategia para evitar ser el próximo nombre que aparezca en una lista de femicidios que, a nivel mundial, no deja de crecer. “Pareciera ser que las mujeres vivimos en un Estado de sitio”.

La importancia del dato

Lo decíamos antes: el acoso sexual es difícil de cuantificar. Esto sucede porque no hay denuncias que generen un registro formal. Por eso, además de insistir en la necesidad de denunciar estos hechos de violencia, Falú aboga por la producción de conocimiento en esta materia. “Trabajar el tema de la violencia nos demanda conocer. Nos demanda trabajar con encuestas, con grupos focales. No tenemos suficiente información”, decía en su paso por Montevideo.

En ese sentido, habló de generar estadísticas, establecer indicadores de procesos, impulsar campañas de concientización, fomentar la capacitación de los funcionarios públicos, trabajar con las autoridades, crear dispositivos. Tejer redes entre las mujeres. Organizarse y, frente a tanto muro, tender puentes.

Por eso, la arquitecta celebró particularmente la campaña “Libre de acoso” que lanzó en marzo el colectivo Catalejo. La iniciativa se divide en dos partes: una que tiene como fin visibilizar y desnaturalizar el problema –a través de videos y afiches– y otra que incentiva a hacer la denuncia.

Para esto último, el colectivo creó la web libredeacoso.uy, en la que hay un formulario para hacer denuncias de acoso callejero. En una parte, las preguntas apuntan a qué tipo de acoso fue, en qué momento del día, en qué lugar y la edad y género de las personas involucradas. En otra, el formato da vía libre para que la persona que denuncia pueda expresar qué le generó el acoso y si respondió de alguna manera.

Julia Irisity, integrante de Catalejo, contó en el conversatorio con Falú que la idea de la campaña surgió después de concluir en que “institucionalmente no existe ningún marco legal para acudir a la hora de sufrir un acoso”. Aclaró en este sentido que la iniciativa no tiene valor legal, pero sí ayuda a generar el dato. En el primer mes, por ejemplo, el colectivo recibió más de 500 denuncias. “Evidentemente había un vacío, una necesidad, y por suerte un poquito lo estamos llenando”, manifestó Irisity.

Y agregó un dato no menor: de las 500 denuncias hechas ese mes, sólo 30% fueron de lo que llaman (erróneamente) “piropo”. Eso significa que 70% abarcó desde el acoso verbal agresivo hasta toqueteos e incluso masturbaciones. “Claramente el acoso callejero no es lo que a veces la opinión pública más rabiosa quiere hacer pensar: que simplemente te gritan algo en la calle. Es bastante más grave”, concluyó.

Falú aplaudió el aporte porque está convencida de que “todavía cuesta tener datos e información fehaciente sobre los temas de violencia”. Pero no sólo eso: está segura de que “las mujeres somos el actor social más decisivo de fines del siglo XX y comienzos del siglo XXI, porque hemos sido capaces, y casi sin apoyo, de construir y colocar temas en la agenda, como este de ciudades sin violencia, siendo siempre implacables en la defensa de los derechos humanos”. Ahí la aplaudieron a ella.

En la web libredeacoso.uy podés denunciar situaciones de acoso callejero.

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