No es nada, histéricas

Presiones sociales y desigualdades en el acceso de las mujeres a la salud.

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El 1º de febrero de este año se emitió un episodio de la serie televisiva _Grey's Anatomy_ en el que, durante el viaje al trabajo, la jefa de cirugía Miranda Bailey (arrolladora, inteligente y capaz de recolectar datos y sacar conclusiones acertadas velozmente) comienza a sentir un malestar en el cuerpo. Sabiendo de qué se trata, se dirige a la emergencia de otro hospital en la ciudad y explica...
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El 1º de febrero de este año se emitió un episodio de la serie televisiva Grey's Anatomy en el que, durante el viaje al trabajo, la jefa de cirugía Miranda Bailey (arrolladora, inteligente y capaz de recolectar datos y sacar conclusiones acertadas velozmente) comienza a sentir un malestar en el cuerpo. Sabiendo de qué se trata, se dirige a la emergencia de otro hospital en la ciudad y explica que está teniendo un infarto. Durante los siguientes 40 minutos podemos ver cómo varios médicos varones relativizan lo que ella manifiesta, preguntándole si no estará sensible o ansiosa, imponiéndole una interconsulta con psiquiatría en plena emergencia, y riéndose de ella por lo bajo mientras especulan sobre su vida personal. Miranda es de los pocos personajes que continúan en la serie desde el principio: ha sobrevivido a al menos un tiroteo, una bomba, un incendio y un ataque de hackers. Es difícil imaginarla llegar a una emergencia sólo por sentirse particularmente sensible. Finalmente llama a Maggie Pierce, jefa de cirugía cardiotorácica del hospital donde trabaja Miranda, y mujer prodigio que a los 31 años es jefa de área, a quien le insisten con que Miranda no está teniendo un infarto, e intentan por todos los medios evitar que se le hagan estudios. Spoiler alert: por supuesto que Miranda está teniendo un infarto y finalmente la operan de emergencia (tranquilos, sobrevive).

Lo que le pasa a Miranda en el episodio muestra una realidad con la que conviven muchas mujeres, casi siempre menos preparadas que ella: la medicina las subestima, las trata de “histéricas”, “frágiles”, “emocionales” y “sensibles” entre otros calificativos, al tiempo que toma como norma para los estudios del cuerpo humano el cuerpo masculino, con la obvia excepción de los aparatos reproductivos. De acuerdo a varios estudios, incluyendo uno de la Universidad de Umeå (Suecia), recién en los últimos años se ha comenzado a tener en cuenta las distintas anatomías de machos y hembras y los sesgos que hay tanto en la atención como en el estudio de los pacientes según su género aparente.

El mismo estudio muestra que las mujeres son el grupo afectado más grande, pero no el único: los ensayos médicos se hacen generalmente en varones blancos cis de mediana edad, por lo que un capítulo aparte merece la calidad de los tratamientos que reciben los grupos minoritarios tales como personas afrodescendientes, asiáticas, trans, niñas, niños y adultos mayores. Desde 1994 los Institutos Nacionales de Salud de Estados Unidos (NIH), ente dependiente del Departamento de Salud y Servicios Humanos de ese país, han impuesto una regulación que indica que los resultados de los ensayos deben estar diferenciados al menos por género al momento de ser presentados para su aprobación. Los problemas principales con esta reglamentación son que no establece el porcentaje mínimo de mujeres que tienen que participar, y que en la práctica la mayor parte de las indicaciones de tratamientos que imparten los médicos están basadas en los resultados obtenidos en los grupos de varones. Vale destacar que son decenas los países, incluyendo a Uruguay, cuya legislación para la aprobación de tratamientos se basa en aquellos aprobados en Estados Unidos, por lo que las decisiones que se toman allí alcanzan a millones de personas en el mundo.

Si miramos hacia atrás en la historia podemos ver cómo desde la época de la antigua Grecia se ha considerado a la mujer un ser inferior, levemente por encima de los esclavos y similar a un niño. Aristóteles consideraba al hombre un creador de almas que inyectaba vidas en un elemento pasivo como las mujeres, al tiempo que otros filósofos desarrollaron el concepto de histeria, que refería a un útero que vagaba por el cuerpo de la mujer hasta asfixiarla al llegar al corazón. Este concepto se mantuvo en el tiempo y fue utilizado de distintas formas, siempre a partir de la ignorancia y en pos del sometimiento del cuerpo femenino.

Hasta entrado el siglo XVII la histeria fue considerada no sólo una enfermedad mental, sino también un síntoma de posesión demoníaca, siendo esta última una idea que empezó a disminuir a fines de siglo.

En 1859 el doctor George Beard proclamó haber hecho una lista no exhaustiva de 75 páginas con posibles síntomas de histeria, que incluían cualquier comportamiento por fuera de los aceptados socialmente. Esto no sólo era ridículo, sino que causó daño en la vida de muchas: al atribuirse cualquier dolencia o comportamiento a la histeria, se minimizaban dolores, malestares y emociones, considerando a la mujer un ser frágil para vivir en la era moderna, incapaz de ser independiente del hombre y limitando su acceso a la salud.

Uno de los principales síntomas de histeria eran los sofocones que sufrían algunas mujeres, de los que se cree que fueron la inspiración para la invención de los vibradores, conocidos en esa época como consoladores, elementos que procuraban consuelo especialmente a las mujeres viudas que ya no tenían relaciones sexuales. Sabrina Martínez, educadora sexual y docente en el Instituto de Formación Sexológica Integral, cuenta que en la actualidad todavía es común escuchar a mujeres mayores hablar de la existencia de la fiebre uterina, un supuesto mal cuyo único síntoma es una gran expresión de su deseo sexual, al tiempo que cuentan las anécdotas de conocidas que tuvieron que ser tratadas por ella.

A causa del concepto de histeria, cientos de mujeres sanas fueron internadas en neuropsiquiátricos, lo que les impidió hacer una vida normal y las dejó para siempre dependientes de instituciones, espacios que hoy está probado que no sirven para la reinserción en sociedad. Es usual leer que la ciencia y la medicina saben del orgasmo femenino desde hace relativamente poco, algo que cuesta creer cuando las fuentes históricas demuestran que fue usado ampliamente para manejar y reprimir los deseos de las mujeres.

En la actualidad hay indicadores de que no todo ha mejorado tanto para las mujeres. Por ejemplo, un Estudio de la NIH y la Asociación del Corazón de Estados Unidos demuestra también que en caso de necesitar reanimación cardiopulmonar (RCP) en la vía pública, las mujeres tienen 23% menos de chances de recibirla en relación a los varones. Al tiempo que, de acuerdo a una investigación de la Universidad de Maryland, tienen más chances de recibir recetas de sedantes en lugar de calmantes en caso de asistir a una emergencia por dolores fuertes. En el caso de los infartos, al desconocerse algunos de los síntomas en mujeres, en muchos casos no acuden a buscar ayuda o lo hacen al estar avanzada la situación. De acuerdo a un estudio de la Clínica Mayo, en 46% de los infartos en mujeres el dolor de pecho no fue el síntoma principal. Por otro lado, según la University College de Londres, las mujeres reciben peores tratamientos en casos de demencia, ya que se minimizan los primeros síntomas, se retrasa la atención especializada y los medicamentos que funcionan en varones son mucho más dañinos para el cuerpo femenino. En caso de enfermedades o condiciones ginecológicas es incluso más evidente la falta de información: por ejemplo, el diagnóstico de endometriosis (la aparición de tejido endometrial fuera del útero) toma entre siete y ocho años y varios cambios de especialista, de acuerdo al Instituto Nacional para la Salud y la Excelencia en el Cuidado de Reino Unido.

En cuanto al parto, Uruguay hace uso recurrente de las cesáreas como método para traer personas al mundo. La situación es similar en todo el continente: América del Sur cuenta con los mayores índices de cesáreas del mundo, según la Organización Mundial de la Salud (OMS). El ranking es encabezado por Brasil (56%), Uruguay ocupa el segundo lugar (51,4%) y Argentina el tercero (45,5%). El porcentaje recomendado por la OMS es de entre 10% y 15%. El sector privado suele recurrir más a las cesáreas. Si bien hay distintos factores detrás de ese dato, hay quienes creen que parte de esto se debe a que se subestima la capacidad de las mujeres de atravesar la experiencia de un parto vaginal, sea física o emocionalmente. También hay quienes creen que es por comodidad de los médicos, para simplificar los procedimientos. Hay distintas cuestiones para considerar a la hora de pensar en el parto humanizado, desde la infraestructura necesaria y el trato, hasta la posición del cuerpo de la mujer. Al día de hoy, a pesar de estar ampliamente documentada la necesidad de cada mujer de parir en la posición que sienta necesaria, la norma sigue siendo el parto en posición no natural, más cómodo para el equipo de salud que para la parturienta (boca arriba, piernas en los estribos de la camilla).

Si bien puede parecer una simple acumulación de datos, estos cuentan una historia. La historia de los cuerpos femeninos reducidos a una simple variación del cuerpo masculino. La historia de las mujeres cuya salud fue postergada, sus necesidades banalizadas e incluso ridiculizadas, a las que se persiguió e incluso se aisló de la sociedad por creerlas enfermas mentales. Mujeres como Miranda, que hoy, en pleno siglo XXI, todavía no reciben atención de salud de calidad, o como Maggie, cuyos conocimientos profesionales son cuestionados por su juventud –y su belleza–.

El 7 de abril de cada año se celebra el Día Internacional de la Salud. El lema de este año fue “Salud para todos”. Si bien es indiscutible que son muchos los grupos que necesitan una mejora urgente en la atención médica que reciben, empezando por las personas trans, que tienen una expectativa de vida de sólo 35 años, quizá otro avance necesario en esa dirección podría ser generar una atención de salud y procedimientos acordes para la mitad de la población del planeta.

A tener en cuenta

Síntomas de un accidente cerebrovascular
• Problemas para hablar y comprender. Confusión. Arrastrar las palabras o tener dificultad para comprender el habla.
• Parálisis o entumecimiento de la cara, los brazos o las piernas. Se puede padecer entumecimiento repentino, debilidad o parálisis en la cara, los brazos o las piernas, especialmente de un lado del cuerpo. Se aconseja levantar los brazos por encima de la cabeza al mismo tiempo. Si un brazo empieza a caer, es posible que se esté padeciendo un accidente cerebrovascular. Asimismo, un lado de la boca puede caerse cuando se trata de sonreír.
• Dificultades para ver con uno o ambos ojos. Es posible que de repente haya visión borrosa o ennegrecida en uno o en ambos ojos, o que se vea doble.
• Dolor de cabeza. Un dolor de cabeza intenso y repentino, que puede estar acompañado de vómitos, mareos o estado alterado de conciencia puede indicar un accidente cerebrovascular.
• Problemas para caminar. Es posible tropezar o tener mareos repentinos, pérdida del equilibrio o pérdida de coordinación.

Cuatro factores para evaluar la situación
• Rostro. Pedirle a la persona que sonría. ¿Un lado de la cara se cae?
• Brazos. Pedirle a la persona que levante ambos brazos. ¿Uno de los brazos se baja? O bien, ¿la persona no puede levantar uno de los brazos?
• Habla. Pedirle a la persona que repita una frase simple. ¿Arrastra las palabras o habla de manera extraña?
• Tiempo. Si se observa cualquiera de estos signos, llamar a la emergencia médica o al 911 de inmediato.

Ante la menor sospecha, se recomienda llamar a los servicios de emergencias. Es mejor que el diagnóstico sea negativo que dejar pasar tiempo, ya que empeoran las consecuencias.

Fuente: Mayo Foundation for Medical Education and Research

Síntomas del infarto en mujeres
• Dolor de pecho: Si el dolor de pecho dura más de cinco minutos, es necesario acudir a una sala de emergencias.
• Falta de aliento: Sensación de dificultad para respirar, aún si está descansando. Muchas veces esta sensación ocurre después del dolor de pecho.
• Vértigo o mareos.
• Sudor frío.
• Dolor en un brazo (en especial, el izquierdo), la espalda, el cuello, abdomen u omóplatos. El malestar o dolor puede irradiarse a diferentes lugares del cuerpo. Generalmente es descripto como una opresión molesta, tirantez o dolor.
• Dolor de mandíbula: El dolor de mandíbula o garganta es muy común. La sensación puede comenzar en el pecho y pasar a la garganta y luego a la mandíbula. Es necesario prestar mucha atención a estos síntomas porque muchas mujeres concurren al odontólogo por el dolor en la mandíbula cuando en realidad pasaron por un infarto.
• Náuseas y vómitos: las mujeres son más proclives que los hombres a presentar estos síntomas, y pueden confundirlos con una gastroenteritis.
• Fatiga insoportable y poco común.

Fuente: American Association of Retired Persons

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