Liam Pimentel

“Si quieren ver felices a sus hijos, déjenlos ser”

La historia de Liam Pimentel, un adolescente que atraviesa el desafío de ser trans en Uruguay.

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Liam Bruno Pimentel tiene 16 años. Vive en Las Toscas con su madre, un gato y varios perros. Va todos los días al liceo en moto, toca la guitarra y quiere ser médico cirujano. Liam habla con mucha propiedad, como si llevara a sus espaldas más de 16 años. Tiene claro que hay muchos adolescentes trans que la pasan mal, que son rechazados por sus padres y que son expulsados de sus casas. Por eso, ...
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Liam Bruno Pimentel tiene 16 años. Vive en Las Toscas con su madre, un gato y varios perros. Va todos los días al liceo en moto, toca la guitarra y quiere ser médico cirujano. Liam habla con mucha propiedad, como si llevara a sus espaldas más de 16 años. Tiene claro que hay muchos adolescentes trans que la pasan mal, que son rechazados por sus padres y que son expulsados de sus casas. Por eso, al cierre de esta nota pidió que como síntesis quede este mensaje: “A las personas trans: demuestren lo que sienten, van a ser mucho más felices. A las madres y a los padres: si quieren ver felices a sus hijos, déjenlos ser”.

No es “una cosa de niños”

Desde muy chico Liam le fue dando señales sobre su identidad a Valeria, su mamá. Pero recién en la pubertad pudo decirle lo que sentía. “Cuando era chico sentía como que yo no era yo, me costaba juntarme con las niñas. En la escuela, cuando se armaban las filas de nenas y de varones me costaba ponerme en la de las nenas. Muchas veces me pasó de querer decirlo y no saber cómo”, contó. Liam dice que en la escuela sus compañeros no lo discriminaban, pero con las maestras la historia era otra. “Ellas no estaban acostumbradas a ver la diversidad. No estoy hablando de algo que pasó hace tanto tiempo, fue hace diez años nada más. Mi mamá tampoco tenía la información que tiene ahora; hoy por hoy se da cuenta de que en ese entonces yo demostraba pila de cosas”.

A pesar de que no sentía discriminación por parte de sus compañeros, tuvo un “episodio” que lo marcó. A los ocho años ya estaba masculinizado y le gustaba una compañera. “Me gustaba una chica y ella mostraba indicios de que gustaba de mí. Andábamos juntos para todos lados. Un día, uno de los chiquilines que estaba en sexto, que tenía como 14 años, me agarró en la puerta del baño de los varones, me metió para adentro y me metió la cabeza dentro del wáter”. A pesar de que no recuerda bien qué fue lo que le dijo, piensa que lo que más le molestaba era que pasara mucho tiempo con la niña, porque considera que “no era un problema con su masculinidad”.

Valeria dice que al principio, cuando Liam era muy chico, a ella le parecía que era un juego, “una cosa de niños”. “Cuando estaba en preescolar me dijo que los varones no lo dejaban jugar con ellos, pero yo no le prestaba atención a esas cosas”. Cuenta que la ropa siempre fue “un problema”. Cuando asevera que para ella ese fue un claro “síntoma” y que es algo que a todas las madres que atravesaron esta situación les pasó, Liam no duda en interrumpirla para corregirla: “‘Síntoma’ no es la palabra, porque esto no es una enfermedad”.

Valeria cuenta que una de las primeras cosas que le dijo su hijo es que le gustaban las niñas. Después se cortó el pelo, pero la alerta la tuvo recién cuando se enteró de que Liam se fajaba para que no se le notaran los senos. En ese momento se puso a buscar información en internet y tuvo el primer contacto con Trans Boys Uruguay, colectivo al que hoy pertenecen.

“Yo siempre luché porque él se quisiera como es. Empecé a mirar videos y documentales, de esa manera logré entender más. Después fuimos al hospital Saint Bois, donde funciona la policlínica de ASSE que aborda a la población trans. Nos contactamos con los especialistas. Ellos nos dieron hasta asesoramiento psicológico para nosotros. Eso nos cambió, ahora estamos más tranquilos porque sabemos que él está acompañado por un equipo médico que está atento y contempla todo”.

La empatía que le falta al mundo

Para Liam el gran problema es que falta empatía en la sociedad. “Cuando empecé a crecer me di cuenta de que mi pubertad no era mi pubertad. Vivimos en un mundo muy genitalizado. El mundo dice que el hombre es hombre porque tiene pene y la mujer es mujer porque tiene vagina. El primer día que dije ‘mamá, quiero demostrar lo que soy’, yo lo que quería era ser un hombre cis, [un varón cuyo sexo biológico coincide con su género]”.

Liam Pimentel con su madre

Pero hoy Liam tiene claro que ser un hombre no necesariamente quiere decir tener determinado cuerpo. Él mismo lo explica con claridad: “Todos somos diferentes, yo soy un hombre y sin embargo tengo vagina y senos, pero soy un hombre igual”.

Una de las personas que demostró la falta de empatía que Liam dice que le falta al mundo fue, ni más ni menos, la psicóloga del liceo. Hace un tiempo citó a sus padres porque se había peleado con un compañero. En lugar de referirse a él como Liam o Bruno, lo llamó por su nombre femenino. Liam la corrigió, pero ella dijo que “no le salía”. Optó por guardar silencio por el resto de la charla. Dice que no dijo nada más porque “una de las cosas que más le choca es cuando lo llaman por su nombre femenino”.

Valeria piensa que en esta sociedad “sos nena o sos varón, no hay otra”. “Lo que falta es educar a la gente para que seamos abiertos y podamos aceptar que las personas pueden elegir quiénes quieren ser, quién les gusta y quién no”. Agrega que “hay una gran necesidad de educar a los psicólogos, porque ellos son los que están en contacto con la gente".

También a los médicos. Recuerda una anécdota en la que llevó a Liam, en aquel entonces de diez años, al médico. La doctora le dijo: “Madre, tenga cuidado porque hay una enfermedad de lesbianismo en la zona y es contagiosa”. Aunque ella tiene claro que una orientación sexual disidente no es una enfermedad, considera que es oportuno que haya capacitación al respecto, “porque no puede ser que haya gente que no sepa esto y que trate a nuestras hijas e hijos como si fueran enfermos”.

Ayudar a otros

Liam quiere ser cirujano cuando sea grande para poder operar a quienes no pueden acceder a una cirugía. Valeria tiene la idea de crear una fundación para apoyar a los adolescentes que son rechazados por sus familias y expulsados de sus casas.

“En el Saint Bois me encontré con una chiquilina trans que contaba que la habían echado de su casa y que estaba viviendo en el monte, con este frío insoportable que hace. Uno quiere aportar para cambiarle la vida a estas personas. Hay que ir dando pequeños pasos, en un futuro se puede llegar a cambiar las cosas”.

Un pequeño gran paso

Para Liam hay mucha desinformación sobre el proyecto de ley integral para personas trans: “Una niña trans (que es un niño biológico) no tiene senos porque una niña biológica a esa edad tampoco los tiene. Tampoco menstrua. No necesita hormonas femeninas”.

Los detractores de esta ley consideran que los adolescentes de menos de 18 años no deberían acceder a tratamientos de hormonización, ya que “un efecto secundario podría ser la reducción de la fertilidad”. Al respecto, Liam dice que son decisiones personales. A futuro a él le gustaría adoptar un hijo.

En tanto, Valeria cree que “si te dejan solo, sin un apoyo psicológico y familiar, también hay consecuencias”.

Liam destacó que la decisión de modificar el cuerpo es de cada persona y que contar con aprobación social “es otra cosa”. “La gente se preocupa más por las posibles consecuencias de los tratamientos de salud que de la cantidad de adolescentes trans que son echados de sus casas”.

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