Ataques con ácido: una de las formas más extremas de violencia de género

El simbolismo de la agresión, su efecto contagio y la responsabilidad de la cobertura mediática.

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En esta parte del globo terráqueo suelen asociarse ciertas formas de violencia a determinadas culturas, religiones y sociedades establecidas a miles de kilómetros de nuestras casas. Desde esa visión etnocentrista no logramos percibir que algunas de estas violencias también tienen lugar a la vuelta de la esquina. Algo de esto pasó cuando, a fines de agosto en Las Piedras, un hombre fue condenado a 15 meses de prisión por el delito de “violencia doméstica agravada en reiteración real con un delito de lesiones personales agravadas”, después de lanzarle ácido a su esposa en la zona genital. El ataque cerró un largo período de abusos físicos, psicológicos y económicos contra la mujer y sus hijos.

El día que fue quemada con ácido, la mujer logró escapar de su casa y pedir ayuda a sus padres. Fue trasladada a un hospital, donde le dijeron que los golpes y las heridas que presentaba la inhabilitaban a trabajar por lo menos durante 20 días.

Este caso causó conmoción e indignación en Uruguay: lo primero, por la particularidad y la brutalidad de la agresión; lo segundo, por lo leve que se consideró la pena impuesta al agresor por la Justicia.

El ataque con ácido simboliza una de las formas más extremas de violencia contra las mujeres. Las quemaduras generan cicatrices físicas irreversibles, que las marcan para siempre. Es una agresión que desfigura, mutila y puede afectar algunas capacidades, como la visión, el habla o la escucha. Pero raramente mata.

Además de padecer las secuelas físicas permanentes, las personas que sobreviven a estos ataques generalmente quedan traumatizadas psicológicamente de por vida y sufren aislamiento familiar y discriminación social. Sobrevivir al ácido incluso puede perjudicar el nivel económico de la víctima, por las dificultades que se presentan a la hora de volver a conseguir un trabajo y las pérdidas económicas derivadas de largos tratamientos médico-quirúrgicos y procesos judiciales.

“El ácido es una destrucción. Es un acto de violencia extrema que va de la mano de un poder infinito” por parte del agresor, afirmó la antropóloga uruguaya Susana Rostagnol, también docente e investigadora de la Facultad de Humanidades y Ciencias de la Educación, en diálogo con la diaria. “Es un ‘puedo no matarte, pero te quito el rostro’, que es como quitar la persona. Es más que matarla”, consideró. En ese sentido, para la académica, “atrás de ese ataque con ácido hay una destrucción mayor que la muerte”, porque mientras que “la muerte es un fin”, sobrevivir a las quemaduras de ácido “obliga a la persona a continuar viviendo hasta el final de sus días desfigurada, con esa cicatriz, con esa marca que dice ‘yo pude sobre ti’, ‘yo te pude’, ‘yo te dominé’”.

La antropóloga opinó que estos casos representan “mucha más violencia” que los femicidios, porque aquí el varón “reafirma un poder absoluto mucho mayor, que es el poder sobre la vida”, aseguró, parafraseando al filósofo francés Michel Foucault.

Cuando trascendió en los medios el caso ocurrido en Las Piedras, algunos usuarios de redes sociales vincularon la forma de agresión con la premisa con la que usualmente se justifican los femicidas: “Si no sos mía, no sos de nadie”. Pero, para Rostagnol, el concepto no se aplica en el caso de los asaltos con ácido. “El ‘si no sos mía no sos de nadie’ es para matar a la mujer. En estos casos el mensaje es ‘seguís siendo mía porque lo que yo te hice no te lo sacás y esa es mi marca sobre vos’. Es la propiedad de por vida. ‘Sos mía, y aunque seas de otro, seguirás siendo mía’”. Hasta la muerte.

Un fenómeno global

Cerca de 1.500 personas son atacadas con ácido cada año en el mundo, según cifras de la organización británica Acid Survivors Trust International (ASTI). Siempre son ataques deliberados y premeditados con ácido nítrico, hidroclórico o sulfúrico. 80% de las víctimas son mujeres. En 90% de los casos los agresores son varones, de acuerdo con los datos de la organización.

Los ataques con ácido son más comunes “en sociedades con relaciones desiguales entre hombres y mujeres y donde el Estado de derecho es débil”, explica ASTI en su página web. Pero, como muestra la realidad, también sucede en el resto del mundo. En muchos países, la fácil disponibilidad de ácido contribuye al aumento de estos atentados.

La región más problemática del mundo es Asia del sur. Países como Irán, Afganistán, Pakistán, India, Nepal, Bangladesh, China y Camboya concentran la mayoría de estos ataques. En Europa, los países en los que se han registrado más casos son Reino Unido e Italia y, en África, los señalados son Nigeria, Ghana y Uganda.

En tanto, en América del Sur, el país que tiene el historial más extenso es Colombia, mientras que en Centroamérica las alarmas del ácido están prendidas en Cuba, República Dominicana y Puerto Rico.

Lo que no se nombra no existe

En un primer momento, esta pretendía ser una nota sobre el caso de la mujer agredida con ácido en Las Piedras. Sin embargo, algo no cerraba.

La cobertura mediática de cualquier hecho de violencia es un arma de doble filo. Por un lado, existe una necesidad de difundir estos episodios para denunciarlos, problematizarlos y promover la prevención. También para comprender que no son hechos aislados, sino consecuencia de la cultura machista. Por otro lado, esa misma difusión puede generar un efecto contrario al buscado al naturalizar el problema e instalarlo como una práctica cotidiana, algo que incluso puede llegar a provocar un “efecto contagio”.

Una infinidad de estudios científicos ha demostrado a lo largo de los años que la cobertura de los suicidios, por ejemplo, lejos de contribuir a la prevención, promueve la imitación o el “contagio social”. Los expertos en salud y epidemiología advierten que, para alguien que está considerando el suicidio, publicar detalles sobre la forma en la que alguien se suicidó puede ser un “mecanismo desencadenante”, como dijo Doreen Marshall, vicepresidenta de programas de la Fundación Estadounidense para la Prevención del Suicidio, en una entrevista con el diario Los Angeles Times publicada en junio.

En setiembre del año pasado, la Organización Mundial de la Salud (OMS) actualizó su guía para los medios e incluyó recomendaciones en este sentido, entendiendo que la solución no es no hablar de los suicidios, sino plantear el tema de forma responsable, para transmitir el mensaje de que no es un “tabú”. Entre otras cosas, la guía recomienda proporcionar datos precisos sobre dónde se puede buscar y encontrar ayuda, informar de historias personales sobre cómo hacer frente a situaciones difíciles en la vida o a pensamientos suicidas y aplicar una precaución especial en las noticias sobre suicidios de personas famosas. La OMS también pide a los medios impresos y digitales que no destaquen las informaciones sobre suicidios en las portadas, y a las televisiones y radios que no abran sus informativos con noticias sobre suicidios. Al mismo tiempo, sugiere que es mejor no describir explícitamente el método usado para cometer el suicidio ni tampoco el lugar preciso donde ocurrió la muerte.

Especialistas han notado que, en muchos países, los ataques con ácido también provocan un “efecto contagio”. Leer o escuchar sobre estos asaltos puede darle ideas a un potencial agresor que esté planeando un ataque para demostrar que tiene poder. Además de la carga simbólica, se trata de un delito más difícil de probar porque generalmente no quedan evidencias de ADN y es mucho más fácil deshacerse de una botella o un bidón de plástico que de un cuchillo o un revólver.

En los casos de violencia de género, además, una cobertura irresponsable puede revictimizar a la mujer. Las formas son varias: sobreexponerla, dar detalles u opiniones que intentan mostrarla como culpable de la situación de violencia o mostrar al agresor como víctima de “sus impulsos o pasiones”.

Rostagnol cree que la cobertura de los casos de violencia de género “ha mejorado” en los últimos años, pero que, en general, “focaliza mucho en la mujer que fue agredida” y hay “cierta protección” del agresor. Puso como ejemplo la manera en que muchos medios informan sobre los femicidios. “Pocas veces he oído que se refieran al agresor como ‘asesino’, usan otros términos, aunque se trata de un asesino. Y a veces se ahonda mucho en la vida de la mujer, pero sabemos poco de él. Ella queda con una fotografía bastante buena, y él tiene una fotografía muy borrosa, lo cual me parece que no ayuda a mejorar la situación, más bien es una revictimización”.

Vale la pena recordar que el Código de Ética Periodística de la Asociación de la Prensa Uruguaya dice en el apartado relativo a los “principios de actuación” que “en el caso de coberturas periodísticas de crímenes, tragedias o accidentes, los periodistas deben ser respetuosos del dolor ajeno, evitando testimonios que revictimicen a las personas en situación de vulnerabilidad”.

En tanto, la guía Violencia basada en género y generaciones. Orientaciones para la cobertura periodística, de la agencia Voz y Vos, recomienda específicamente “no presentar las agresiones a las mujeres como situaciones aisladas” y, al informar, siempre tener en cuenta el “día después”. Es decir, “qué pasará con la o las víctimas cuando ya no sea noticia”.

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