La misión que se propuso Catalina Ruiz-Navarro empezó con una pregunta, a simple vista, sencilla: ¿cómo hacer feminismo hoy? Es decir, ¿cómo hacer para que la teoría feminista se expanda más allá de las fronteras académicas, derribe la violencia y los prejuicios machistas, y llegue a todas las mujeres? La inquietud no era un capricho: que las mujeres puedan apropiarse de estas ideas –para debatirlas, cuestionarlas o abrazarlas– es fundamental para dar las peleas con todas las armas. La periodista y filósofa colombiana le dedicó muchos años a la respuesta, que se materializó en columnas periodísticas, videos de Youtube, charlas TED y campañas en Twitter. Es que, para la experta, aterrizar la teoría a la práctica sólo es posible haciendo un “feminismo pop”, en el que las plataformas digitales aparecen como principales aliadas.

La propuesta del feminismo pop se basa en usar la estética y el lenguaje “pop” –principalmente visual y con impacto masivo– para hacer que las ideas del feminismo “impacten en nuestra cultura, se hagan populares, sean apropiadas por las personas de a pie y desde el cambio cultural ayuden a desarmar el patriarcado”, ha explicado la periodista.

Hace algún tiempo, Ruiz-Navarro decidió recopilar la mayoría de las columnas que escribió para periódicos colombianos como El Espectador y El Heraldo, resumir el impacto de las campañas que se viralizaron en las redes sociales y poner a dialogar muchas de las cuestiones que afectan a diario a las mujeres latinoamericanas (por ser mujeres y latinoamericanas). También incluyó debates internos y conversaciones con amigas, y amplió cada una de las ideas con textos de escritoras, filósofas, antropólogas, sociólogas e investigadoras feministas de todos los tiempos. Así nació el libro Las mujeres que luchan se encuentran. Manual de feminismo pop latinoamericano, publicado en marzo de este año.

La publicación tiene cerca de 600 páginas y está dividida en seis capítulos: “Cuerpo”, “Poder”, “Violencia”, “Sexo”, “Amor” y “Activismo”. Entre uno y otro se cuelan 11 retratos de “heroínas latinoamericanas” realizados por la ilustradora colombiana Luisa Castellanos.

“El machismo es tan difícil de erradicar porque permea todos nuestros marcos conceptuales y toda nuestra estética popular. ¿Qué hacer entonces? ¿Negar la estética popular por ser machista o cambiar e incidir, incluso, usar la estética popular para desmontar mensajes machistas?”, pregunta Ruiz-Navarro en uno de los últimos apartados del libro. Y enseguida nos responde: “Ambos caminos son válidos. Las ideas feministas deben traducirse a todos los formatos, lenguajes, espacios, tomar formas tan diversas como las mismas mujeres. Como activista mi opción es la segunda, pues pensamos que el pop, en tanto marco de lenguaje, es anterior, y abarca más que el machismo”. Parece una buena introducción para comentar este libro-guía.

Cuerpo

El primer capítulo ahonda en todas las cuestiones vinculadas a los cuerpos de las mujeres. El análisis va desde la concepción de los cuerpos feminizados como territorios políticos hasta el tabú de la menstruación, pasando por otros planteos como la obsesión de los varones cisgénero con sus genitales o la falacia del “sexo débil”.

Uno de los debates que intenta desentrañar Ruiz-Navarro es el de la lucha entre lo biológico y lo político. En este sentido, la periodista asegura que una de las ideas base del feminismo es que “la biología no es destino”. Para darle un marco teórico cita a la filósofa francesa Simone de Beauvoir, cuando dice que no “nacemos” mujeres, sino que “llegamos a serlo”. Es decir, que nuestro género es algo que se aprende. “Para el pensamiento feminista”, resume la colombiana, “los cuerpos, antes que ser un asunto biológico, son un territorio político”.

Otro problema que se plantea la división del mundo entre varones y mujeres es que “invisibiliza a toda la comunidad LGBTIQ, a las personas queer y transgénero y a las personas de género no binario”. Más adelante, Ruiz-Navarro se centra específicamente en los transfeminismos, que a su entender vienen a criticar la “cisnormatividad” que divide a la humanidad entre “hombres” y “mujeres” y “marginaliza, patologiza y violenta” a quienes quedan por fuera de esas categorías.

Hablar de los cuerpos de las mujeres también es discutir de la desigualdad que plantea el uso del espacio público, que en determinadas circunstancias aparece como un terreno hostil, con límites y abierto a las violencias machistas.

Poder

Es interesante poner arriba de la mesa la cuestión del “poder”, porque es uno de los ámbitos de los que histórica y sistemáticamente se ha excluido a las mujeres. La escritora colombiana decide desenredar el concepto poniendo en diálogo algunas ideas que han impulsado las teóricas y activistas feministas en las últimas décadas, como el empoderamiento femenino o la interseccionalidad. Sobre lo primero, alerta: empoderarse no es responder al sistema capitalista de publicidad neoliberal que nos vende cosas “con la idea de que nos está liberando”. Empoderarse es otra cosa. Es tener poder político, económico, poder elegir libremente, tener una voz o poseer un pedazo de tierra. Incluso, dice en otra sección del capítulo, es perrear y menear las caderas al ritmo de reguetón sin ninguna culpa –porque “mover el culo puede experimentarse como una experiencia empoderadora” cuando una mujer lo hace con libertad–.

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Por otro lado, Ruiz-Navarro reivindica la interseccionalidad como una perspectiva necesaria para “evitar las injusticias” y pensar en “todas esas capas de privilegio y opresión que se entrecruzan en la experiencia de cada persona”, como raza, clase, orientación sexual o identidad de género. La escritora se reconoce como una feminista blanca, urbana y educada, por lo tanto con ciertos privilegios respecto de otras mujeres. Por eso, intenta darles voz a mujeres referentes del afrofeminismo latinoamericano y de los feminismos indígenas para que hablen de sus propias experiencias y visibilicen sus especificidades y riquezas.

Para entender mejor, la escritora cita a la activista feminista dominicana Rosa Ynés Curiel Pichardo: “Descolonizar, para las feministas latinoamericanas y caribeñas, supondrá superar el binarismo entre teoría y práctica pues lo potenciaría para poder generar teorizaciones distintas, particulares, significativas que se han hecho en la región, que mucho puede aportar a realmente descentrar el sujeto euronorcéntrico y la subalternidad que el mismo feminismo latinoamericano reproduce en su interior, si no seguiremos analizando nuestras experiencias con los ojos imperiales, con la conciencia planetaria europea y norteamericana que define al resto del mundo como lo otro incivilizado y natural, irracional y no verdadero”.

Violencia de género

Femicidio, agresión sexual y violencia doméstica: los casos más paradigmáticos para hablar sobre el fenómeno de la violencia de género. Sin embargo, Ruiz-Navarro elige empezar el capítulo analizando otras violencias menos extremas –si se quiere– que enfrentamos mujeres y disidencias sexuales a diario. Por ejemplo: cómo nos violentan los hombres cuando para intentar conquistarnos utilizan fórmulas machistas en las que las mujeres aparecemos como “homogéneas”, “engañables” y personas a las que hay que “amar” pero nunca “entender”.

Aparentemente, bajo el lente patriarcal, también somos una cosa que se puede acosar, violar y humillar sin necesidad de algún tipo de consentimiento y con total impunidad. En esta lógica, no sorprende que el acoso sexual callejero sea una de las formas más naturalizadas de violencia de género –tanto que la mayoría de los agresores sigue diciéndole “piropo”– o que la violencia sexual sea tan común que incluso lleguemos a hablar de una “cultura de la violación”. Una cultura. Un conjunto de costumbres.

¿Por qué? La periodista colombiana considera que, en parte, la violencia sexual está tan arraigada porque “en la cultura machista a los hombres no se les enseña a pedir consentimiento, ni a las mujeres a darlo”. Esto mismo explica los niveles de impunidad. “Muchos crímenes de violencia sexual contra las mujeres quedan impunes porque ni el criminal, ni el policía ni el juez ven algo raro en asumir que la mujer dijo sí de una manera tácita ‘con su ropa’, ‘con su coqueteo’, o incluso con su ‘no’”, escribe Ruiz-Navarro.

En esto del “feminismo pop” que profesa la escritora colombiana han fluido ríos de tinta virtual para denunciar todo tipo de cuestiones contra la violencia de género. Una de las campañas más famosas de los últimos años fue la de #MiPrimerAcoso, que hace exactamente tres años llevó a que millones de mujeres de América Latina cuenten en redes sociales sus experiencias. Algunas, probablemente, por primera vez. Ruiz-Navarro cuenta en el libro que la evaluación de la campaña dejó como primera conclusión que los acosadores y violadores no son “locos” o “raros”: en la mayoría de los casos, los primeros acosos empiezan en nuestras casas, cuando somos niñas o adolescentes. No hay un “lugar seguro” para nosotras. La segunda conclusión es que “el acoso comienza cuando somos pequeñas”, sí, “pero continúa a lo largo de nuestras vidas”, de manera “masiva, sistemática y repetitiva”. Esto hace que aprendamos a vivir “en constante situación de ‘autodefensa’”.

Las redes sociales sirven para denunciar situaciones de violencia y tejer redes de sororidad pero, muchas veces, también nos dejan expuestas a otros tipos de violencia. Ruiz-Navarro cuenta que a ella le encanta debatir, pero siempre que sea en condiciones de igualdad. La realidad es que esto no sucede. “Mis colegas columnistas hombres pelean para discutir sus argumentos”, dice la periodista. A las mujeres no sólo se les hace un constante “control de calidad” sobre lo que opinan, sino que además intentan desprestigiar su trabajo con ofensas personales, haciendo referencia a su apariencia, pareja, familia o moral sexual.

La autora colombiana dice que hay una “agresión extra” si los temas sobre los que escribimos las mujeres están vinculados al feminismo. En esos casos, dice, “nos enfrentamos a que nuestro discurso se vea tergiversado, malentendido (el cuento de las ‘feminazis’), preso de generalizaciones absurdas (como ‘somos unas odiahombres’), de malentendidos que parecen intencionales (ni siquiera se esfuerzan por entender el argumento) y por ello, también somos agredidas de manera personal”.

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El capítulo sobre violencia de género busca responder además a algunas inquietudes que suelen aparecer a diario en las charlas de oficina, las reuniones con amigos o las redes sociales. Ejemplo: ¿los hombres pueden ser feministas? Para responder, la autora vuelve al formato de manual y lanza una lista de sugerencias prácticas que el “paradigmático hombre cisgénero heterosexual blanco o mestizo de clase media o alta y educado” puede hacer por la igualdad de género. Reconocer sus privilegios, callarse y escuchar, habitar de manera diferente el espacio público, cuestionar públicamente el machismo de otros hombres, pedir consentimiento o cuestionar la idea de masculinidad –“que se reafirma desde la violencia”– son algunos de los ejemplos.

A la hora de pensar en estrategias institucionales para combatir la violencia de género, Ruiz-Navarro dice que es importante, por ejemplo, tener una ley que tipifica el crimen del femicidio. Sin embargo, considera que no alcanza, porque “ninguna norma está pensada para atacar el origen de la violencia o combatir la impunidad” y eso es porque “violencia contra las mujeres nos parece normal, inconexa o excepcional, cuando en realidad es un problema de salud pública”.

Sexo

“¿Cómo follaremos las feministas?” es la pregunta que detona este capítulo. Es que, con los lentes violetas, las mujeres empezamos a ver en nuestras relaciones sexuales machismos que antes quizá pasaban desapercibidos. Pero esto no quiere decir que “por ser feministas debamos renunciar a la posibilidad de tener un buen polvo” –tranquiliza la escritora–. “Lo que quiere decir es que tenemos que deconstruir nuestras conductas sexuales para poder tener también igualdad y justicia en la intimidad, en el deseo y en el placer”. A su entender, no hay mejor sexo que el “sexo feminista”, que es aquel donde se conjugan el “consentimiento libre informado y entusiasta de ambas partes”; el “control y responsabilidad sobre nuestras posibilidades reproductivas”; las “buenas prácticas en salud sexual”; la “disposición de recibir placer y darle placer a la otra persona”; la “búsqueda activa y asertiva del placer propio y de la otra persona”; el “respeto y el reconocimiento de la humanidad de todas las personas involucradas”.

El capítulo también intenta derribar el prejuicio machista de que una mujer que afirma su deseo sexual es una “puta”. Y va por más: “Se cree que si una mujer es promiscua, entonces va a querer acostarse con todo el mundo o con cualquiera y esto no sólo es mentira, muchas veces es el argumento que ha servido para justificar una violación. Incluso que digamos públicamente que nos gusta el sexo justifica insultos, desvalorizaciones y hasta que ‘nos estábamos buscando’ la violencia sexual”, denuncia Ruiz-Navarro.

Pero puta también es la que ejerce el trabajo sexual, una de las cuestiones que más dividen las aguas feministas. La colombiana afirma desde el principio que este oficio debe regularizarse para que pueda ejercerse en condiciones justas y dignas. “Esa es la mejor manera de acabar con el gravísimo problema de trata de personas con fines de explotación sexual. Si se dan las condiciones para que las trabajadoras sexuales accedan a sus derechos laborales, será muy evidente quién está siendo obligada y explotada y quién no. La lucha debe ser contra la trata, no contra el derecho al trabajo de las trabajadoras sexuales”, afirma.

Algo similar plantea respecto del porno: quizás no se trate de intentar abolirlo, sino de construir uno que “no envíe mensajes misóginos, y de paso tampoco mensajes racistas, homofóbicos o transfóbicos, donde también haya diversidad de identidades frente y detrás de cámaras”.

Hablar de feminismo y sexo también es hablar del control de nuestras vidas reproductivas, de las buenas prácticas de salud sexual y, por supuesto, del aborto. Sobre esto último es categórica: “Garantizar el libre acceso a un aborto seguro hace parte del derecho a la vida, a la salud y al libre desarrollo de la personalidad de las mujeres”. Sin embargo, sigue generando resistencias de todo tipo a lo largo y ancho de América Latina. Ruiz-Navarro menciona como paradigmática la lucha de las mujeres argentinas por la legalización del aborto y asegura que representa un momento bisagra de los feminismos latinoamericanos, porque pese al fracaso en el Congreso, en las calles ganó la marea verde, y se plantó irreversible e imparable.

Amor

Hay tres obstáculos machistas que, según la autora, “están puestos en medio para que las mujeres no podamos amar y ser amadas de una manera sana, libre y asertiva”. A saber: la misoginia, el amor romántico y la explotación, en nombre del amor, de nuestro trabajo no remunerado. Dedica este capítulo a analizarlos.

Para explicar la misoginia, Ruiz-Navarro cita a la filósofa estadounidense Kate Manne, quien en su libro Down Girl: The Logic of Misogyny define la misoginia como “el brazo policial del patriarcado”. Manne dice que la misoginia no se trata de un odio individual que algunos hombres sienten contra algunas o todas las mujeres, sino un problema de discriminación estructural, de un sistema social que “controla, fiscaliza, castiga y exilia a las ‘malas mujeres’ que retan al dominio masculino, al patriarcado”. La autora colombiana propone “desactivar” la misoginia empezando a cuestionar todas las instituciones que reproducen estas conductas e ignorar la necesidad de aprobación de los hombres. “Otra forma radical de combatir la misoginia”, agrega, “es amarnos entre nosotras, aliarnos, ser mentoras entre nosotras”.

Cuando le toca hablar del amor romántico, plantea esa idea conservadora de que “emparejarnos con un hombre y tener sus hijos es lo que ‘dará sentido a nuestras vidas’”. Es paradójico porque, al mismo tiempo, “la violencia de pareja es la principal causa de muerte violenta para las mujeres”. Por eso, Ruiz-Navarro asegura que “para las mujeres, entablar una relación romántica con un hombre es una actividad de alto riesgo. Pero no porque el amor en sí sea necesariamente malo o peligroso, sino porque nos han enseñado a decirle amor a algo muy distinto: violencia”.

¿Cómo se combate esta idea del amor? Con justicia, diría la escritora feminista estadounidense bell hooks. “Si un hombre ama más su hombría que la justicia”, dice, no podrá tener buenas relaciones afectivas con otras personas. “Amar, para hooks, significa poner los intereses del otro en el mismo lugar que los nuestros, y esto para las mujeres también implica un reto, pues nos han enseñado a poner los intereses del otro antes que los nuestros. La justicia también es un requisito para que haya confianza y gracias a la confianza es posible que tengamos intimidad”, resignifica la colombiana.

Esto nos lleva al tercer obstáculo machista que plantea Ruiz-Navarro para que las mujeres podamos “amar bien”, y es que en muchos casos la fantasía del amor romántico nos ha robado la ambición. “La pregunta que sigue es: ¿por qué amar nos quita tanto tiempo que no podemos ni soñar con gobernar? Porque amor es una palabra sombrilla para todos los trabajos reproductivos y de cuidado que realizan las mujeres que han sido naturalizados, invisibilizados, no reconocidos, y en las pocas ocasiones en que se realizan por fuera del hogar y se cobra un salario este suele ser muy bajo, rayando con la explotación”, afirma la autora. “Es el trabajo invisible de las mujeres lo que sostiene la economía en todas las sociedades humanas”.

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Activismo

Es muy probable que este capítulo, el último, es el que haya dado nombre al libro: Las mujeres que luchan se encuentran. Ruiz-Navarro busca rastrear cuáles son precisamente esos puntos de reunión, intersección, o unidad entre las activistas. Por eso desde el principio deja abierta una pregunta: ¿existen los “feminismos latinoamericanos”?

La respuesta corta es que sí, porque la agenda de los movimientos del continente abarca problemáticas específicas de la cultura latinoamericana –además de abarcar los problemas universales a los que se enfrentan las mujeres en todas partes del mundo–.

Las expertas venezolanas Carmen Teresa García y Magdalena Valdivieso han dedicado buena parte de su trabajo a estudiar los feminismos latinoamericanos. Según las especialistas, “tres temas aparecen ahora como cruciales en las agendas del movimiento de mujeres y feministas: luchas y alternativas frente a la globalización neoliberal; militarismo y guerra; y las luchas contra los fundamentalismos de cualquier tipo, que niegan el ejercicio de sus derechos políticos, sexuales, reproductivos y económicos, de muchas maneras’”.

Pero además, las mujeres latinoamericanas se han destacado como líderes “en los movimientos en defensa de la tierra y el territorio y en la región”, agrega Ruiz-Navarro. Especialmente aquellas que pertenecen a comunidades indígenas.

La autora cierra el libro con otro puñado de consejos. Esta vez, se dirige a los feminismos urbanos latinoamericanos: convertir nuestras vulnerabilidades en fuerza de cohesión; entender que nuestras emociones son poderosas y políticas; y encontrarnos en la fiesta. Es decir, “encontrar una forma de celebrar juntas, de navegar las denuncias del feminismo juntas, para que no nos coma la desesperanza”.