“Quiero ser candidata para que nunca más hablen por nosotras. Llegamos para quedarnos”, fue el tuit que escribió Ofelia Fernández para anunciar su candidatura a legisladora por la ciudad de Buenos Aires.

Con 19 años, la militante del Frente de Todos es la candidata más joven a la legislatura. Quiere estudiar Sociología en la Universidad de Buenos Aires.

Fue presidenta del Centro de Estudiantes de la Escuela Superior de Comercio Carlos Pellegrini dos años, y la voz de la toma de colegios contra la reforma educativa y de las tomas para denunciar situaciones de violencia de género dentro de la institución educativa. Como presidenta, fue la más joven de la historia en ese centro y la primera en ser reelecta. Dice que esto no marca una gran cualidad suya, sino “una etapa en la que de repente las personas se empezaron a abrir a otras referencias y a otro tipo de liderazgos”. Para empezar: de mujeres. “Eso se terminó traduciendo en que se consolidó en mí una referencia de esa etapa de mi generación”. Dice que de afuera “puede parecer que es una piba”, pero que hay “un proceso muy fuerte de involucrarse”, algo que parece ser una característica propia de su generación en Argentina.

Deja de lado la lógica de “confrontar con el poder y punto” para disputar ese poder y ocupar los espacios para que existan transformaciones. Así, luego de ser uno de los cuerpos visibles en la lucha por el aborto legal en Argentina, definió su candidatura para intentar cambiar la realidad desde la política institucional.

Invitada por Casa Grande, sector del Frente Amplio, visitó Montevideo. Conversamos con ella sobre el ponerle el cuerpo a la política y el aporte feminista y centennial para dar pelea por izquierda y así seguir haciendo la “revolución de las hijas”.

Venís del movimiento estudiantil. ¿Te parece que las tomas de los colegios marcaron un antes y un después en el movimiento feminista?

Las tomas están muy identificadas con el movimiento estudiantil. La visibilidad de mi generación cruzada con el feminismo pasó mucho más por ocupar las calles, especialmente a partir de la marcha por el #NiUnaMenos en 2015, que fue cuando el tema de los femicidios empezó a ser más visible, y marcó un antes y un después. De hecho, el femicidio de Lola Chomnalez marcó una ruptura para mí y para mi entorno, porque ella era muy parecida a nosotras de alguna manera. El #NiUnaMenos fue la marcha que empezó a ampliar el movimiento y a masificarlo. Si bien la discusión por la legalización del aborto tiene muchos años en Argentina y la campaña nacional existe hace casi 15 años, la aparición más fuerte fue el año pasado. Mi cruce con el feminismo se empezó a dar más ahí. Todos los martes había que ir al Congreso. Era un desgaste, y lo que sostenía esas medidas era el movimiento secundario. Si no hubieran ido todas las representantes de los centros de estudiantes y no hubiera ido el piberío que fue a esas movilizaciones, era muy difícil sostenerlas. Ahí empezaron a ver y a reconocer a estas generaciones. Incluso las feministas de antes; a veces en la política pasa que si vos estás hace mucho tiempo hablando de algo y nadie te da bola por ahí te agarra un resentimiento cuando les dan bola a los otros. Pero acá se dio un proceso distinto, que se trató de valorar que se haya gestado esa experiencia. Ahí tomó forma la “revolución de las hijas”, que es un concepto que tiene mucho peso en Argentina y refiere a esta generación, que se involucró tanto que permitió que el tema tomara una masividad mucho mayor que antes.

“La 'revolución de las hijas' es capaz de reconocer el proceso histórico y el protagonismo que tenemos nosotras al mismo tiempo”

¿Qué es para vos la “revolución de las hijas”?

El concepto fue escrito por primera vez por [la periodista] Luciana Peker. A ella la amo, pero cuando lanzó el concepto de “revolución de las hijas” no me gustó, incluso con mi disposición a que me guste lo que ella dice. ¿Por qué? Porque pensé: “Yo le enseño a mi madre, entonces que me llamen ‘hija’ un poco me molesta”. Después entendí, y me encariñé cuando lo empecé a pensar en clave de que justamente explotó algo que tiene un acumulado histórico muy fuerte. Somos hijas de un proceso de persistencia de feministas que la tenían muy difícil, que fueron borradas de la historia, que eran tildadas de marginales o de academicistas. “Revolución de las hijas” condensa muy bien el hecho de que no es casualidad. No fue una conexión astrológica que hizo que toda mi generación naciera feminista, tampoco fue osmosis. Somos producto de una perseverancia que terminó en nosotras. Terminamos siendo la generación que absorbió esos valores para tenerlos firmes en nuestras militancias y convicciones. La “revolución de las hijas” es capaz de reconocer el proceso histórico y el protagonismo que tenemos nosotras al mismo tiempo. Es cuestión de no resignar esa historia que nos trajo hasta acá, pero a la vez se trata de entender que nosotras somos las que estamos poniendo el cuerpo hoy y logrando que esto tenga relevancia pública. También que ya haya efectivamente una generación que está transformando su manera de vincularse y percibirse a sí misma. Esto mañana va a traer otra sociedad.

Con “revolución de las hijas” Luciana Peker también hace referencia a una ruptura de género y generacional con el poder político.

De hecho, la mayor conclusión de la discusión sobre el aborto fue cómo el sistema político quedó en jaque; eso generó una crisis de representación. Ese proceso fue una clase de educación cívica a cielo abierto. Fue la primera vez en muchísimo tiempo que se sabía quiénes eran los diputados y los senadores, qué decían, qué pensaban y qué votaban. Era muy loco: nosotras nos movilizamos, teníamos nuestros símbolos propios, nuestra mística, todo, pero a la vez teníamos una pantalla enorme en la que los que estaban eran ellos, y sabíamos que tenían la capacidad de volver ley eso por lo que nosotras militábamos. Fue estar horas y horas en la calle. Muchas mujeres, sobre todo muchas pibas. Fue tipo: “Mamá, papá, me voy a la calle”. Y nos fuimos a estar cagadas de frío viendo una pantalla en la que había gente que te decía que eras una perra preñada o que había que hacer un cementerio de fetos. Fueron un montón de cosas que generaron una ruptura. Porque después de eso le perdés el respeto a ese sistema político. Sentís que la experiencia, la formación y la capacidad que te vendieron que eran necesarias para llegar ahí son falsas y que ahí hay gente que no tiene idea de nada. Por otro lado, entre quienes estaban a favor de la ley también sonó mucho el “me convenció mi hija” o “me convenció mi nieta”. Cosas así fueron re emocionantes, pero no hicieron que nos conformemos, sino que respondimos: “Entonces capaz que tu hija o tu nieta tienen la misma capacidad que el boludo que estaba en esa pantalla”. Mi candidatura expresa un poco eso. Usé ese ejemplo para mostrar que de alguna manera tuvimos intervención en un proceso legislativo muy importante, entonces ¿por qué no tenemos voz propia en ese proceso? En esta revolución de género y generacional, lo generacional pasa por querer disputar poder, por eso hoy la juventud está muy inmersa e involucrada en el proceso electoral. Y no creo que esto sea un problema, que despolitice o que genere peores condiciones de radicalidad para la juventud, sino que somos una generación que entiende el poder como algo que está en disputa, como algo que cuando se nos escapa tiene la capacidad de destruir muchos planos y muchas esferas de nuestra vida. Esa concepción nos permite aportar para que la balanza esté más de este lado. Porque si estas generaciones estuviesen totalmente desentendidas y escindidas de ese proceso, sería mucho más difícil poder formarnos con una perspectiva de transformación concreta y no sólo de aires programáticos; no se trata de tener el mejor programa y los mejores sueños sin tener ni idea de cómo los queremos hacer.

“El sistema político sólo se representa a sí mismo, es completamente endogámico y representa siempre al mismo tipo de persona con el mismo tipo de intereses”

Tu candidatura a la legislatura porteña por el Frente de Todos plantea justamente la renovación en la política. ¿Por qué es importante y por qué no alcanza con que se renueven sólo caras, sino también discursos?

Tampoco es que con lo que sucedió hasta ahora tengamos grandes resultados; hay una realidad que está cada vez peor, desde hace tiempo. Hay cuatro millones de nuevos pobres. Hay crisis cíclicas, y de esas crisis lo máximo que logramos es recuperarnos. Entonces, pensar que es suficiente con el intento que se está haciendo hoy me parece que es muy mediocre. Ya los resultados [de las elecciones primarias] son una prueba de que hay que reformular algo. No es que estamos encaprichados, es que evidentemente el sistema político sólo se representa a sí mismo, es completamente endogámico y representa siempre al mismo tipo de persona con el mismo tipo de intereses. Esa dinámica aleja, y mientras más alejen esos procesos de la toma de decisiones, en mayores problemas estará la política. Hoy hay una política individualista, en la que la aspiración como político es tener una casa y tener la banca para siempre; poco tiene que ver con ocupar ese puesto para impulsar transformaciones. No hay un espíritu militante, entonces mi candidatura expresa justamente una puesta en valor de un proceso colectivo y de organización que tiene mucho peso en Argentina, y por eso tiene que tener mucho peso en las decisiones. Dentro del Frente de Todos apareció la necesidad de otras representaciones sectoriales que también hacen falta. Cualquiera es capaz de comprender realidades que no vive, pero es terrible que sólo tengan derecho a cambiarlas quienes no las viven. No hay ninguna representación de los sectores populares, por ejemplo, y nunca la hubo. Es imprescindible pensar que las representaciones no sean solamente de tu propio espacio ni de tu propio electorado, sino también de un sector concreto que se organiza.

Ofelia Fernández.
Ofelia Fernández.

El feminismo tiene que ser popular, construyo desde esa óptica. En relación con la política institucional, es re clara la necesidad que tenemos nosotras de estar ocupando espacios y de estar no solamente en el lugar obvio; el tema es cómo nosotras entendemos nuestro propio potencial en relación al lugar que nos quieren dar. Vos ves de repente que tienen que poner minas en los paneles, pero ¿cómo ponen minas en los paneles? Hablan de aborto, del #NiUnaMenos, de violencia de género; en definitiva, de lo que nos afecta a nosotras particularmente. Ellos después hablan de la crisis económica, del Fondo Monetario Internacional, de las políticas de derechos humanos, de la educación, hablan de todo lo demás. El verdadero desafío es que nosotras podamos hablar de todo lo demás. El feminismo popular trata de poder entender cómo se atraviesan esos distintos ejes. Nosotras tenemos que hablar de todo lo demás porque tenemos capacidad para hacerlo, pero también porque el feminismo no es un área específica, es una perspectiva desde la cual ver absolutamente todas las desigualdades, que obviamente se profundizan más para nosotras. Porque si la riqueza la concentran los varones, lo que pasa es que no sólo no llegamos hasta ahí, sino que las que somos más pobres somos nosotras. El feminismo popular tiene que ser capaz de entender que la urgencia mayor está ahí, que tenemos que tener una perspectiva que entre a la política institucional como tal y que pueda pensar cómo desarrollar soluciones no sólo para las problemáticas de género particularmente, sino para todas las áreas. Y, en Argentina, también entender que la resolución de esta crisis económica tan profunda con una perspectiva feminista es imprescindible, porque es evidente que nos golpeó sobre todo a nosotras.

¿Cuál es el panorama de la situación económica y social hoy en la Argentina del presidente Mauricio Macri y por qué es necesario un cambio?

Veo una Argentina devastada y nos encuentro en una contradicción muy profunda, porque nos fue muy bien en las elecciones [primarias] y vemos que va a ser muy posible que ganemos el gobierno, pero no podemos festejar porque el panorama es triste y devastador. El día de la elección fue muy feliz y los resultados fueron tremendos, pero ya al día siguiente estábamos angustiados porque el dólar subió ya ni me acuerdo hasta dónde, y después siguió subiendo. Escuchamos al presidente profundizar las medidas económicas y la crisis por lo que votó la gente, todo se volvió muy surrealista. Esto va a empeorar cada vez más, ya no se entiende cuáles son los objetivos del gobierno hoy, porque ni ellos mismos los entienden. Están jugando con el Estado, y eso está siendo muy fuerte en esta última etapa. Quieren que explote la crisis para poder coartar nuestra posibilidad de ganar las elecciones de manera legítima y que se haga una transición clara. Ellos quieren una transición desordenada, que nos deje a nosotros en peores condiciones para levantar esto que dejaron destruido. Es muy raro el escenario ahora, no tengo grandes definiciones porque hay un gran nivel de incertidumbre, no con cómo va a ser diciembre sino con qué va a pasar mañana, entonces cualquier análisis queda vetusto con el pasar de una semana, porque la crisis que hay se va profundizando diariamente. Todo el proceso económico que lideró este gobierno es un delirio. Hicieron campaña diciendo que lo más importante para salvar la economía era levantar el cepo. Levantaron el cepo, fugaron todas las reservas, tomaron deudas, fugaron todas las deudas, y pusieron un cepo de vuelta. O sea, vinieron a saquearnos y se fueron, entonces uno piensa: ¿cómo carajo se recompone eso? Es el primer gobierno de la historia que defaultea su propia deuda, que la dice y la asume impagable; es realmente surrealista. Lo que más me preocupa es que ellos han logrado deshumanizar la crisis. Después de las elecciones se hablaba del riesgo país, de los mercados, y no de las personas, entonces eso también aleja a la gente de la problemática. Tenemos que ser muy capaces de asociar todos estos procesos económicos con lo cotidiano y lo personal, porque si no parece que el problema de esta crisis es que no quieren invertir no sé quiénes o que se enoja un fondo monetario yanqui, y nadie quiere calmar la incertidumbre de la gente. Hay que hacer un trabajo de terminar de mostrar cómo eso tiene resultados en lo concreto del día a día para la gente.

“Se dice que el movimiento feminista y los movimientos sociales fueron las claves para la etapa macrista en materia de resistencia. En buena parte, no pudieron desarticular la tradición militante y de movilización de los movimientos populares”

¿Cómo es la situación del movimiento social y de la agenda de derechos humanos?

Los movimientos sociales fueron el gran emergente de esta etapa macrista. De hecho, es muy novedoso, porque en la historia de la política argentina el peronismo determinó que el mayor peso lo tenga el sindicalismo más ortodoxo o tradicional, y de repente apareció una nueva forma de sindicalismo, que es la de los movimientos sociales, de las trabajadoras y trabajadores de la economía popular, de las excluidas y los excluidos. Además, es muy interesante porque hubo una mutación conceptual simbólica del desocupado al excluido de la economía formal. Porque hay una diferencia muy grande entre no tener trabajo y que tu trabajo sea sin derechos, sin reconocimiento, con persecución policial y simbólica. Hablo de manteras y manteros, cartoneras y cartoneros, etcétera, que en la etapa macrista tuvieron mayores niveles de movilización que el sindicalismo más tradicional. Es un nivel de organización que fue muy zarpado posta, y que no se había visto antes. Se dice que el movimiento feminista y los movimientos sociales fueron las claves para la etapa macrista en materia de resistencia. En buena parte, no pudieron desarticular la tradición militante y de movilización de los movimientos populares porque existieron estas experiencias para demostrar que había sectores que podían desarrollar resistencia de manera firme y que su presencia permanente es la esperanza para el resto de alguna manera. Entonces, tiene que haber un gran vínculo con ese sector a la hora de pensar la agenda de gobierno. Nuestra prioridad programática está puesta ahí. Los ejes son tierra, techo y trabajo; la triple T, que es la bandera de todos los movimientos sociales y que con los índices que hay ahora es muy importante que sea una prioridad. Porque hoy hay hambre, indigencia y pobreza. Lo primero que tenemos que hacer es lograr que la gente pueda comer y tener una casa. Es importante tener bien presente esa agenda. Se intentó destruir la economía y esto se acompañó a nivel simbólico en todos los planos, con un Estado prácticamente inexistente, que no interviene en absoluto, lo cual se tradujo en que lugares indispensables, como son la educación y la salud, fueran totalmente abandonados y boicoteados en materia simbólica. En estos planos también se ocuparon de construir un sentido en el que la educación pública es un gasto que hay que recortar y achicar, lo mismo para la salud. Hubo lugares en los que tuvieron menos capacidad para meterse, por ejemplo en materia de derechos humanos, que es un tema muy sensible en Argentina, y en materia de políticas de memoria y verdad. Hubo cosas que empezaron en los primeros meses de gobierno y después tuvieron que dejar, porque evidentemente eso generó una reacción que no les permitió seguir profundizando. En materia de derechos humanos, en el presente, es un gobierno que tiene a una ministra de Seguridad [Patricia Bullrich] que está demente y que ha impulsado la “doctrina Chocobar”, que apunta al gatillo fácil y tiene vínculo con la reforma constitucional que se impulsa en Uruguay. Esto genera una filosofía de mucho odio al de abajo, que inventa responsables para cualquier cosa que no puedan resolver y genera una guerra interna que les permite no hacerse cargo de un montón de problemas. En todos los planos hubo una destrucción, y eso también coartó nuestra capacidad de resistencia, porque tuvimos que estar constantemente de un lado para el otro. Un caos.